jueves, 2 de julio de 2015

CARTA DE EDIFICACIÓN DE MADRE MARÍA PILAR DE JESÚS

CARTA DE EDIFICACIÓN DE MADRE MARÍA PILAR DE JESÚS

J.M.+J.T.
MONASTERIO DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ Y SAN JOSÉ
21 de Abril de 1997
Jesús, María y José sean nuestro consuelo y fortaleza, muy amada madre priora y comunidad.
Con inmenso dolor comunico a V.R. y comunidad la partida al cielo de nuestra amadísima madre María Pilar de Jesús, fundadora de muchos de nuestros monasterios, a los 80 años de edad y 56 de vida religiosa. La llamada de Dios ocurrió a las 11:13a.m del día 17 de Marzo.
No resulta fácil encerrar en los límites de una carta de edificación un alma tan grande del temple de nuestra amada madre. Al verla y convivir con ella, siempre hemos pensado que así sería nuestra santa madre Teresa de Jesús; llena de cualidades humanas, de virtudes y de tantas gracias con las que la enriqueció el Señor, entre las que sobresalían su amor y su absoluta confianza en Dios y su Divina Providencia por las que se “lanzaba sin miedo a obras grandes.
Sus fundaciones:

Abancay             1964                                 Huancavelica (Lircay) 1989
San Jerónimo     1976                                 Chiclayo                      1991
Yurimaguas        1982                                 Huancayo                    1993

No se dejaba llevar por respetos humanos. Cuando se trataba de la gloria de Dios y del triunfo de la verdad, nunca le importó quedar mal con la criaturas, así la vimos siempre. Sus fundaciones, iniciadas con escasos recursos y frecuentemente con ninguno, siempre fueron colocadas en el Corazón de Jesús y puestas en manos del tesoro del Carmelo, nuestro padre san José; por eso surgieron y se poblaron de vocaciones, forzándole a abrir nuevos “palomares de la Virgen”.

La duda y el titubeo nunca fueron características suyas. Lo que Dios quería lo ejecutaba siempre y prontamente, costara lo que costase. A pesar de las muchas dificultades, siempre siguió adelante; su amor a Dios y su unión con el Divino Esposo se percibía con evidencia y claridad palpables.

Como buena hija de Teresa y Juan de la Cruz, nos habla de ellos como de seres tan queridos y tan próximos que parecía vivir con ellos; y, a decir verdad, de una manera espiritual vivía con ellos. En los momentos oportunos gustaba repetirnos frases y textos de nuestros santos padres Teresa y San Juan de la Cruz. En la lectura diaria nos leía sus obras y nos la explicaba muy al detalle, utilizando ejemplos muy prácticos que nos hacían comprender más fácilmente los textos. Deseaba impregnarnos de su espíritu; gozábamos escuchándola.

Nuestra madre Pilar era abnegada y entregada, sincera y confiada, jovial y entusiasta y, al mismo tiempo, profunda, maternal y bondadosa; fuerte y firme, cuando nos exigía la virtud y la entrega incondicional al Señor. Quería a sus monjas maduras y varoniles.

Infundió en nuestra vida carmelitana de intimidad amorosa con Dios, en soledad y retiro, el espíritu de una verdadera vida de familia, de un calor de hogar donde las alegrías y dolores se comparten y donde ella como madre era el lazo de unión con que todas nos estrechábamos como hijas suyas y hermanas verdaderas.

Supo organizar el trabajo de tal manera que lo dejó como sólido fundamento en nuestras comunidades, estimulándonos a mejorar cada día nuestras labores y a vivir de nuestro trabajo, de tal manera que nos permita compartir con los pobres el fruto de nuestras labores.

Le dio el Señor el don de educadora, no se asustaba de nuestros defectos, si veía humildad y deseos de corregirlos; sabía aprovechar lo aprovechable de cada alma, sin exigir más de lo que podía dar. Estaba dotada de una viva y penetrante inteligencia, de voluntad férrea y constante, que se convertían en tenacidad cuando era necesario. Era enérgica y arrolladora, de reciedumbre castellana, hecha de rectitud y sinceridad, y con mucha gracia de Dios; esto lo resume todo. Reconocía sus limitaciones y errores con gran humildad, y cuando los cometía sabía pedir perdón.

El amor a nuestras santas leyes era inmenso, nos las quería imprimir no sólo en la mente sino en el corazón, para que las practicáramos y las conserváramos con amor, como herencia preciosa que nos dejó nuestra santa madre Teresa.

Amó mucho a Jesús, María y a nuestro padre san José, al que nombró padre, señor y mayordomo de sus monasterios, además escribió una novena circular en su honor que pasa de hermana en hermana cada nueve días y nunca termina.

María Pilar Rodríguez nació en Valladolid (España), el 7 de febrero de 1917, en el seno de una familia profundamente cristiana, de sólidas virtudes morales y religiosas; siendo la segunda de seis hijos: Luz, Pilar, Ricardo, Fidel, Luis, José Andrés. Al nacer nuestra madre, don Ricardo que esperaba con ansias e ilusión un varón, no pudo contenerse y muy contrariado dijo: “¡echadla al techo!”, con el tiempo llegó hacer su hija más querida, la predilecta.

Educada en un colegio de madres Dominicas Francesas, supo asimilar sus santas enseñanzas. No le costó adaptarse al género de vida del colegio; alegre, traviesa y simpática, se hacía querer por todas las personas de su entorno. Terminados sus estudios le encomendaron la atención de la familia; los padres y hermanos atendían un establecimiento grande que tenían en el paseo Zorrilla. Pilar con la ayuda de una empleada, con generosidad y olvido propio, se hizo cargo de todo; se multiplicaba para atenderles deseando tan sólo el bienestar y felicidad de los suyos, adivinando sus pequeños caprichos, para tenerlos contentos.

Su gran deseo era entregarse al Señor, ser carmelita en el monasterio de Valladolid, donde ya habían ingresado dos amigas suyas. Sus padres tenían un dolor muy grande por la muerte de su hijo Fidel por causa de la guerra; la herida era reciente y esperaba que se cicatrizase un poco, pero el Señor apremiaba en su corazón, y Pilar confío su secreto a su santa madre, suplicándole que hablase a don Ricardo, pues conociendo el carácter de su padre temía su oposición en aquellas circunstancia. Doña Consuelo sabía el inmenso amor que el padre profesaba a su hija y las veces que había comentado que pilar era imprescindible e insustituible. Cuando doña Consuelo comentó a don Ricardo el asunto de la vocación de Pilar, no la dejó ni terminar, se enojó mucho y no quiso oír más, encerrándose en su silencio. Nuestra madre veía que su padre sufría y que evitaba encontrarse con ella.

Viendo nuestra madre que era imposible obtener el permiso paterno, un día que don Ricardo se encontraba enfermo se atrevió a entrar en su dormitorio y plantearle el asunto de su vocación, lo único que consiguió fue el llanto de su padre y le escuchó decir: “haz lo que quieras, pero no cuentes conmigo”. Con el dolor grande de ver sufrir a su padre, pero impulsada por el Señor, se fue al Carmelo de Valladolid a solicitar su entrada, las plazas estaban llenas y le aconsejaron que solicitase en Palencia. Así lo hizo, la aceptaron y quiso ingresar de inmediato. Antes de la partida, en su casa se arrodilló ante su padre para pedirle su bendición, él dijo: “También voy yo”; arreglaron las cosas y al día siguiente viajaron a Palencia, don Ricardo manejaba el coche sin decir palabra; llegados a Palencia salieron las madres al locutorio, sólo entonces don Ricardo se acercó a la reja y dijo a la madre priora: “les dejo lo que más quiero en el mundo”; se dirigieron a la puerta reglar y pilar abrazó a su padre y a sus hermanos, todos lloraban, nuestra madre se mantenía serena.

Se entregó a su nueva vida con un gran fervor, tuvo la gracia de encontrar una priora santa, que supo encauzar esa naturaleza ardiente por el camino de la santidad; descubrió cuanto podía sacar de esa alma generosa que el Señor ponía en sus manos; lo hizo con suavidad y energía exigiéndole todas las virtudes que la santa madre quería ver en sus hijas. Pilar con obediencia, humildad y disponibilidad se aprovechaba de todo. Recibió el santo hábito el 1 de enero de 1942, emitió sus votos temporales el 2 de enero de 1943 e hizo la profesión solemne el 2 de enero de 1946.

Vino al Perú a ruegos insistentes del Carmelo del Cuzco, que pidió a nuestro padre provincial Gregorio de Jesús Crucificado, con ocasión de una visita, que consiguiese dos madres de España de una de las fundaciones de nuestra santa madre Teresa de Jesús porque querían seguir con la mayor perfección y fidelidad la santa observancia del Carmelo tal como lo estableció la misma Teresa de Jesús en sus fundaciones.

Salió de su convento, con la aprobación de sus superiores y de su comunidad sin medir el sacrificio de dejar su patria, su comunidad y su familia, y adelantarse en lo incierto y desconocido. La acompañó la queridísima hermana Regina del Carmelo (Q.D.D.G). Llegaron al Cuzco el 3 de mayo de 1954, venían sólo por tres años. Cumplido el trienio, la hermana Regina regresó a España. Nuestra madre Pilar se quedó y ejerció el cargo de priora durante tres periodos de tres años cada uno, al terminar su priorato, fue elegida priora del Cuzco la madre Rosa, quien deseaba que nuestra madre Pilar fundase conventos en el Perú.

La madre Rosa había recibido sus santas enseñanzas y quería que muchas almas se aprovecharan de su doctrina. Por este tiempo Monseñor Alcides Mendoza, obispo de Abancay, pidió con insistencia una fundación en sus diócesis, y así lo hicieron, nuestra madre fundó el Carmelo de Abancay el 29 de junio de 1964, este Carmelo empezó con siete religiosas profesas, cinco de Cuzco y dos de Ayacucho; aquí se entrenó pues tuvo serias dificultades, especialmente económicas y en la dirección de la construcción, al respecto de esto último ella misma hizo los planos y puso toda la atención en la construcción del primer piso para después hacerlo ella sola con el maestro de obras, ya sin la necesidad de ingeniero, para economizar, porque éste cobraba mucho; las hermanas trabajamos acarreando bloquetas, arena y agua, y ella iba a la cabeza animando con alegría.

Así iba avanzando el convento; al mismo tiempo iba enseñándonos las virtudes en medio de las dificultades que teníamos por la estrechez de la casita en que provisionalmente vivíamos, especialmente la pobreza, porque todo el dinero, ya sea fruto de nuestra labores o de las limosnas era para la construcción; el alimento lo esperamos de la caridad de las madres del Cuzco y de la gente buena, que nos lo daba y llevaba. Un día no teníamos ni un pan, se lo dijimos a nuestra madre, ella dijo: “esperemos en Dios”, al instante se presentó en el torno un niño con un pan y dijo: “madrecita tome pan, regale estampita”, se le dio la estampa y minutos después todos los niños de la escuela se presentaron con un pan por una estampita, la tornera dijo alegre: “¡madre ya tenemos pan!”, y lo celebramos. Al día siguiente, después de la Misa, se encontró una bolsa de pan en el torno, alguien que se enteró la pondría.

Trataba a san José con mucha familiaridad y con mucho respeto a la vez, le ponía una alcancía delante, a veces le gastaba bromas; muchas otras llegaba el viernes y no se veía solución para pagar el sábado a los obreros, pero el sábado san José le traía de cualquier parte lo necesario. Las madres del Cuzco enviaban continuamente dinero, con frecuencia fruto de la venta de sus alfombras incaicas, joyas y obras de arte, también la familia de nuestra madre mandaba ayuda desde España.

Terminado el edificio y la iglesia, afluyeron vocaciones tan rápidamente que pronto ocuparon todas las plazas que permiten nuestras leyes: veintiuna monjas. Como seguían viniendo jovencitas, se pensó en una nueva fundación. Un día las visitó el señor obispo de Abancay, ya entonces Monseñor Enrique Pélach, las monjas comentaron con entusiasmo sus idea de fundar, para lo cual querían permiso para ir a Tacna ya que Monseñor Oscar Cantuarias había solicitado una fundación; se quedo su excelencia pensativo y dijo: “tantas necesidades como tenemos, si la hacen en nuestra diócesis les regalo el terreno y les hago la casa”, la explosión de alegría fue general, todas aceptaron con entusiasmo y gran fe, éste es el origen de la fundación de San Jerónimo.

A esta fundación llevó de priora a la madre Manuela y a seis religiosas, todas de Abancay; nuestra madre era priora de Abancay pero las guió y las ayudó en todo; constantemente viajaba en cualquier movilidad, en camiones con incomodidades sin cuento. Siempre que la necesitaban estaba ella dirigiendo la obra y ayudando espiritualmente a las hermanas hasta que se terminó el convento. En seguida ingresaron muchas jóvenes y llenaron las plazas, de allí salieron los Carmelos de Lircay (Huancavelica) y Huancayo; también de estos han ido varias religiosas a apoyar a España.

Monseñor Miguel Irizar, Vicario Apostólico de Yurimaguas (Loreto), deseaba un Carmelo en la selva y, precisamente fue a pedir a nuestra madre una fundación para su vicariato. Aquello era muy difícil porque era muy lejos y las hermanas eran jóvenes, sin embargo, ya de 65 años, nuestra madre Pilar se fue con siete religiosas el 16 de Octubre de 1982, como obsequio al centenario de nuestra santa madre Teresa. El clima tropical y el inicio de una comunidad le hicieron desplegar su gran fortaleza, dando ánimo y alegría a las hermanas que iban con ella; las hermanas que se quedaron en Abancay sufrieron un arranque terrible, la madre también sufrió. Sus ardientes y animadoras cartas a todas sus comunidades nos mantenían siempre unidas. El convento ahora está lleno de vocaciones propias.

El día 4 de Febrero de 1985, el Santo Padre Juan Pablo II bendecía en la ciudad de Trujillo una preciosa imagen de Nuestra Señora de la Paz, enviada y portada por el católico pueblo de Chiclayo. El Papa la bendijo y mirándola exclamó: “esta imagen merece un monasterio –y corrigiéndose continuó- un santuario”. El señor obispo Monseñor Ignacio María de Orbegoso lo escuchó, el pueblo lo escuchó y se decidió. La Virgen de la Paz tendrá un santuario y un monasterio, por esto Monseñor pidió a nuestra madre Pilar fundase un Carmelo en Chiclayo. Nuestra madre era priora en Yurimaguas y desde allí organizó la fundación, nueve hermanas de Abancay llegaron a Chiclayo y nuestra madre vino de Yurimaguas con una compañera. El 26 de Mayo de 1991 iniciaron su vida de carmelitas, en este tiempo atendía Yurimaguas de donde era priora y esta fundación, el año de 1992 a petición de la comunidad de Chiclayo que la eligió priora, se quedó aquí.

CON LÁGRIMAS Y ORACIONES PEDIMOS SU VIDA

Estando todavía en Abancay se puso mal, fue al Cuzco y allí, los médicos no estaban de acuerdo con el diagnóstico, para unos se trataba de neumonía, para otros de pleuresía. Una noche sufrió una tremenda taquicardia, parecía que iba a morir, ella dijo serenamente: “creo que ha llegado la hora, estoy tranquila aunque fuera del convento, si esa es la voluntad de Dios”, le dieron la santa unción de los enfermos, estuvo en cuidados intensivos y cuando mejoró, la llevaron a Lima. El médico le dijo: “Usted tiene la vida comprada, porque nadie se salva de un trombo al pulmón y al corazón, y usted se ha librado”, le recetó sus medicamentos y sanó.

El año 1983 estando ya en Yurimaguas se puso mal, y fue a Lima, allí le diagnosticaron un quiste, la operaron y le dijeron que el quiste era maligno, la mandaron que tomase treinta días de baño de cobalto. Nuestra medre estaba preocupada porque había dejado en Yurimaguas monjitas jóvenes; tenía fe que Dios le curaría y soportó con gran fortaleza los treinta días de baño de cobalto, y aunque todos le aconsejaban dejar Yurimaguas por el clima y regresar a Abancay, ella dijo: “ni pensarlo, están empezando religiosas muy jóvenes y tengo que estar con ellas”; se regreso y estuvo allí nueve años, haciendo vida normal de carmelita con todas sus exigencias.

Ya en Chiclayo en 1995 volvió a sentirse mal, las monjitas le rogaron que se viniese al médico, ella aceptó; vieron que tenía un tumor y había que extirparlo. La llevaron a Lima al hospital de neoplásicas, no pudieron operarla porque ya estaba ramificado; los médicos confesaron su impotencia ante tal metástasis, ella recibió la noticia con un “bendito sea Dios, si así lo quiere está bien”. No perdió nunca la serenidad y la alegría de siempre, los médicos y las enfermeras quedaron edificados.

Le pronosticaron ocho meses de vida, regresó a su convento el 8 de Octubre de 1995, contenta, alegre y animando a todas; cantamos el TE DEUM, y comenzó su vida normal asistiendo a todo, participando en todo, haciéndonos olvidar que estaba enferma.

El día 2 de Febrero de 1996 recibió el sacramento de la unción de los enfermos en el comulgatorio, quería estar prepara para su encuentro con el Señor, quiso recibirlo en un día de fiesta, las monjitas sufrían pero ella les levantaba el ánimo; a los ocho meses comenzó a debilitarse, le costaba caminar. En silla de ruedas asistía a todos los actos de la comunidad, ni un solo día dejó de asistir a la Santa Misa. Los dolores se intensificaban, pasó la cuaresma de 1996 entre intensos dolores; desde su silla de ruedas presidió los oficios, el jueves santo quiso servir en el refectorio como es costumbre entre nosotras, asiendo un esfuerzo sobre humano lavó los pies a las religiosas, y se sintió muy feliz de hacerlo porque decía que era la última vez. El viernes y sábado santo asistió a todos los oficios; el día de pascua fuimos las religiosas a felicitarle a la puerta de su celda, era sorprenderte ver cómo cantaba el “ALELUYA”.

En cuanto cesaban los intensos dolores, reanudaba su tarea de hacer rosarios, su correspondencia y demás trabajos; incluso pintó un cuadro y escribió la crónica de San Jerónimo en la computadora. En los días de fiesta parecía que el Señor la reconfortaba con un descanso en sus dolores, en la navidad de 1996 escribió y encuadernó con mucha ilusión y alegría el librito de cantos navideños para todas las hermanas. La noche buena participó en la Eucaristía con gran fervor, después de la jornadilla estuvo con nosotras hasta las dos de la mañana.

Luego ya no pudo ir al coro porque no podía estar sentada; participó de la Santa Misa con un audio que colocaron en su celda; la madre supriora le llevaba la comunión a diario. El día 9 de enero recibió de nuevo la unción de los enfermos estando ya en cama, el 10 le dio una taquicardia paroxística, vino el cardiólogo a ponerle una inyección y le dijo: “con esto reacciona el corazón o se para del todo”. Reaccionó muy bien. Ya en el recreo comentó: “a estas horas ya hubiera estado en el cielo ¡Qué fácil y bonito es morir con el corazón! ¿Qué será morir de dolor?, pero lo que Dios quiera, estoy entregada para lo que Él quiera”.

Cuando sus hijas de los diferentes conventos le escribían manifestándole su dolor les contestaba siempre animándolas; copiamos un párrafo de sus cartas: “¿Mi salud? ¿Mi enfermedad?... ¡adelante! No lo dudo, pero Dios la lleva en sus manos y no hace más que lo que tiene que hacer, y siempre, siempre lo hace bien ¿Por qué inquietarnos? Vamos seguras en sus manos. Pidan para que yo y todas realicemos sus designios con toda exactitud y Él pueda glorificarse en nosotras. Lo demás qué nos importa, por eso, tranquilas. Si vivimos; vivimos para el Señor y si morimos; morimos para el Señor; porque en vida o muerte somos del Señor ¿Mejor suerte? ¡Imposible! ¡Aleluya! Pidan para que este ánimo crezca y esta fe se aumente en mí y en todas mis hijas hasta el último aliento. Con esto no necesitamos más”

Necesitaba suero y no podían ponerle, porque se le reventaban las venas. Llegó el 7 febrero, cumplió los ochenta años, ese día no tuvo casi dolores, disfrutó de la fiesta que le hicimos sus monjitas. Llama la atención que, con tantos y tan fuertes analgésicos, su mente siempre estaba lúcida, su ansia de rezar el oficio divino era tan grande que no dejó de rezarlo ni un día, cada una y todas las horas canónicas hasta el 8 de marzo en que ya no pudo sostener el breviario en sus manos.

El 28 de febrero se agravó. Llamaron al padre capellán y al médico. Estaba muy deshidratada. El médico intento ponerle un abbocet pero no pudo. El 3 de marzo le pusieron catéter, después de hacerle sufrir mucho lograron ponerle el suero y toda la medicación.

El día 5 de marzo se puso bien, se juntaron las religiosas a su alrededor, empezó a hablarles de su muerte y del cielo con una gran paz y tanta alegría que todas quedaron entusiasmadas, les dijo: “manténganse siempre unidas, abandónense en las manos del Señor, no estén tristes, desde el cielo haré más por vuestras caridades, sean muy fieles al Señor, Él es demasiado bueno”; y cada monjita iba pidiendo lo que necesitaba para ser mejor.

Esa noche solicitó el viático para que todo estuviera ya preparado. Al día siguiente el padre Agapito Muñoz celebró la Santa Misa en la habitación de la madre, y allí renovó las promesas del bautismo y contestó a todo con fervor, también recibió la indulgencia plenaria con la bendición papal. Cuando salió la comunidad dijo: “Gracias Dios mío, ya todo está listo, completo”, y se sintió feliz. Comulgó hasta el último día. El padre Agapito, capellán del monasterio, le llevaba con tanta caridad la comunión a diario; aunque la madre ya no podía hablar, escuchaba y hacia señas de que comprendía lo que le decía. Miraba fijamente el crucifijo y lo besaba.

El 15 de marzo Monseñor Ignacio, obispo de Chiclayo, entró y le dio la bendición del camino y oró en silencio junto a ella.

El 17 de marzo al amanecer le había subido la fiebre y respiraba con dificultad, a las 10:00a.m entraron Monseñor Jesús Moliné, preconizado obispo coadjutor de Chiclayo, y el padre Hilarión Rubio, ambos le dieron la absolución y la bendición. Nos reunimos toda la comunidad, rezamos la recomendación del alma, se entonó la salve y al terminar expiró, eran las 11:13a.m. Su rostro quedo lleno de tanta paz, que daba devoción el mirarla; la amortajamos y la pusimos en su hermosa caja blanca que le obsequiaron. Las hermanas jóvenes la pusieron en sus hombros y todas las llevamos al coro cantando “al cielo, al cielo yo iré”.

En la reja del coro estaban esperando todas las amistades y los familiares llorando. Luego empezaron las misas; los sacerdotes que tanto le querían, en cuanto se enteraron vinieron a celebrar. Al día siguiente, lo mismo; a las 4:00p.m concelebraron dos padres carmelitas que vinieron de Trujillo. El funeral estaba programado para las 5:00p.m, pero fue más tarde por el retraso del avión en el que viajaba Monseñor Irizar y una sobrina de nuestra madre que venía desde España; en cuanto llegó Monseñor, concelebró e hizo el funeral, las hermanas la llevábamos en los hombros turnándonos, cantando y rezando a nuestro cementerio.

Agradecemos de todo corazón a las personas y médicos que nos han ayudado durante su enfermedad y acompañado en estos momentos de dolor.

La vida de nuestra madre María Pilar de Jesús se ajustó al espíritu de nuestra santa madre Teresa de Jesús. Bien podría cantar aquello de: “Vuestra soy para vos nací… ¿Qué mandáis hacer de mí?”. Aunque tenemos la seguridad de que ya goza de Dios, porque el Señor la purificó con el dolor, sin embargo, suplicamos a V.V.R.R. aplicarle cuanto antes los sufragios que mandan nuestras leyes y cuánto su caridad le sugieran, que ella desde el cielo se lo pagará.

De V.V.R.R. indigna sierva e hija


María Inés de Jesús.

MADRE MARÍA PILAR DE JESÚS, LA CARMELITA ANDARIEGA DE LOS ANDES PERUANOS

MADRE MARÍA PILAR DE JESÚS,
 LA CARMELITA ANDARIEGA DE LOS ANDES PERUANOS
(Valladolid 1917-Chiclayo, 1997)
Pool Alexander Castillo Valiente

"Vuestra soy, para vos nací", escribió en una de sus poesías santa Teresa de Jesús.  Y, sin duda, fue una característica que siempre vio reflejada en su vida la santa de Ávila. Era sólo del Señor Jesús, por eso, al sentir el llamado de Dios de reformar el Carmelo no se detuvo sino que con determinada determinación se lanzó a la gran empresa de fundar casas de la Virgen, como ella llamaba a sus monasterios. Estas fundaciones, a lo largo de toda la historia desde el primer monasterio de San José de Ávila por ella fundado, han dado frutos grandes de santidad.

Así, del penúltimo monasterio que fundó la santa andariega en Palencia - España surgió una gran misionera, que vendría al Perú a reformar el Carmelo de Cuzco y que desde ahí fundaría muchos más carmelos al estilo de su madre fundadora. Madre María Pilar de Jesús, conocida por sus hijas como "la Mamita", ha sido una misionera oculta en el corazón de Jesús, que ha ayudado mucho en la evangelización del Perú y que ha dejado muchos frutos que hoy se extienden por muchas regiones del país y fuera de él.

Fue una carmelita enamorada de Jesucristo y convencida de su vocación, de quien algunos obispos han dicho que era del porte de Teresa de Jesús y que fue alegría y consuelo en su ministerio. Una mujer que no sólo se dedicó a la oración sino que en tiempos muy difíciles, ayudo a los pobres sin salir de la clausura y sin caer en ninguna clase la ideologización del mensaje evangélico.

"La andariega de los andes", así la podríamos llamar a este mujer que sin ningún miedo se lanzó a grandes empresas y como su madre fundadora fundó muchos carmelos donde se gloría a Dios y se inmolan por la santidad de los sacerdotes y la salvación de almas.

Vallisoletana del Carmelo de Palencia

María Pilar Rodríguez nació en Valladolid - España, el 7 de febrero de 1917, en el seno de una familia profundamente cristiana, de sólidas virtudes morales y religiosas; fue la segunda de seis hijos: Luz, Pilar, Ricardo, Fidel, Luis, José Andrés.

Estudió en un colegio de madres Dominicas Francesas donde supo asimilar sus santas enseñanzas. No le costó adaptarse al género de vida del colegio; alegre, traviesa y simpática, se hacía querer por todas las personas de su entorno. Terminados sus estudios le encomendaron la atención de la familia; los padres y hermanos atendían un establecimiento grande que tenían en el paseo Zorrilla. Pilar con la ayuda de una empleada, con generosidad y olvido propio, se hizo cargo de todo; se multiplicaba para atenderles deseando tan sólo el bienestar y felicidad de los suyos, adivinando sus pequeños caprichos, para tenerlos contentos.

Tenía en su corazón el deseo de entregarse al Señor como carmelita descalza, cuando tuvo la edad necesaria se lo dijo a su padre que no acepto con alegría la decisión de su hija y le dijo que hiciera lo que ella quería; Pilar que había escuchado del Señor decir que quien no deja padre y madre no es digno Él, se lanzó a pedir su ingreso en el Carmelo de Valladolid pero las vacantes estaban llenas, las mismas madres le aconsejarán que fuera a Palencia donde también la santa madre Teresa había fundado un monasterio. Al ser aceptada se lo comunicó a sus padres y llegada la fecha la acompañaron hasta la puerta reglar del Carmelo donde las hermanas con los velos sobre sus rostro y velas en sus manos le acompañaban en su ingreso, beso el piso y le dijo al Señor que le mantuviera siempre en su casa.

Se entregó a su nueva vida con un gran fervor, tuvo la gracia de encontrar una priora santa, que supo encauzar esa naturaleza ardiente por el camino de la santidad; descubrió cuanto podía sacar de esa alma generosa que el Señor ponía en sus manos; lo hizo con suavidad y energía exigiéndole todas las virtudes que la santa madre quería ver en sus hijas. Pilar con obediencia, humildad y disponibilidad se aprovechaba de todo. Recibió el santo hábito el 1 de enero de 1942, emitió sus votos temporales el 2 de enero de 1943 e hizo la profesión solemne el 2 de enero de 1946.

La llamada del Perú. Cuzco y Abancay

El año de 1954 vino al Perú por pedido de la comunidad del Cuzco que quería que vinieran dos madres de uno de los conventos fundados por la santa andariega, para vivir con mayor perfección las reglas y constituciones que la santa fundadora había dejado. Así, el 3 mayo, comenzó su gran obra reformadora e implantó en el Carmelo del Cuzco todas las costumbres del Carmelo de Palencia.
Una de las cosas que se encontró aquí fue la diferencia marcada entre hermanas legas que se encargaban de los trabajos duros y de la cocina y las de coro que se dedicaban a la costura y la oración, madre Pilar quito esas diferencias y empezó a hacer que todas recen y trabajen. También quiso que se viviese la pobreza tal cual lo pensó la santa de Ávila por eso empezó a pedir a las hermanas que devuelvan las cosas que no le fueran necesarias en sus celdas, como hábitos, dulce, etc.
Nueve años estuvo de priora en San José de Cuzco y de ahí se lanzaría hacer su primera de las seis fundaciones que hizo. Monseñor Alcides Mendoza, obispo de Abancay, le pidió una fundación en sus diócesis, y la madre fundó el Carmelo de San José Abancay el 29 de junio de 1964, este Carmelo empezó con siete religiosas profesas, cinco de Cuzco y dos de Ayacucho; aquí aprendió mucho pues tuvo serias dificultades, especialmente económicas y en la dirección de la construcción.  Fue ella misma quien hizo los planos, ciertamente con la ayuda de un arquitecto y un ingeniero; puso toda la atención posible en la construcción del primer piso para después con la ayuda de Dios poder continuar junto con el maestro de obras con el resto de la construcción, ya sin la necesidad del ingeniero, pues no tenía el suficiente dinero para poder pagarle y, de esta manera, economizaba para poder pagar a los obreros. Las hermanas trabajaban acarreando bloquetas, arena y agua, y ella iba a la cabeza animando a todas con alegría.

Así iba avanzando el convento; al mismo tiempo iba enseñándoles a sus hijas las virtudes en medio de las dificultades que tenían por la estrechez de la casita en que provisionalmente vivían. Terminado el edificio y la iglesia, afluyeron vocaciones tan rápidamente que pronto ocuparon todas las plazas que permiten las leyes del Carmelo: veintiuna monjas. Como seguían viniendo jovencitas, se pensó en una nueva fundación. Le habló al señor obispo de Abancay, ya entonces Monseñor Enrique Pélach, para hacer una fundación en Tacna ya que Monseñor Oscar Cantuarias había solicitado un Carmelo para su diócesis; pero monseñor Pélach le pidió que la hiciera en su misma diócesis, y madre Pilar aceptó.

Madre Pilar se puso hacer los planos y empezó las construcción del nuevo palomar de la virgen en el Valle del Cumbao – San Jerónimo, constantemente viajaba en cualquier movilidad, en camiones con incomodidades sin cuento. Siempre que la necesitaban estaba ella dirigiendo la obra y ayudando espiritualmente a las hermanas hasta que se terminó la construcción del monasterio de la Virgen del Carmen. Aquí se quedó de priora madre Manuela María de la Cruz, que sería una gran ayuda en sus fundaciones; regreso a Abancay donde era priora y desde ahí ayudaba espiritualmente a las comunidades del Cuzco y San Jerónimo.

Yurimaguas, Huancavelica

Monseñor Miguel Irízar, Vicario Apostólico de Yurimaguas – Loreto, deseaba un Carmelo en la selva y, precisamente fue a pedírselo a madre Pilar por consejo del Nuncio Apostólico. Aquello era muy difícil porque era muy lejos y las hermanas eran jóvenes, sin embargo, ya de 65 años, la madre se fue con siete religiosas el 16 de octubre de 1982, como obsequio al centenario de su santa fundadora Teresa de Jesús. El clima tropical y el inicio de una comunidad le hicieron desplegar su gran fortaleza, dando ánimo y alegría a las hermanas que iban con ella; las hermanas que se quedaron en Abancay sufrieron un arranque terrible, la madre también sufrió pero todo se lo ofrecía a su Divino Esposo: el Señor Jesús. Sus ardientes y animadoras cartas mantenían siempre unidas a todas sus comunidades.

Estando Yurimaguas le pidieron una fundación en Huancavelica, y viajó personalmente con la madre priora de San Jerónimo que era la madre Manuela y al estar ahí se enfermó de una taquicardia debido a la altura, se regresó y no pudo dirigir personalmente esta fundación. Ella mismo hizo los planos y con sus consejos y directrices dirigió desde Yurimaguas al monasterio de santa Teresita del Niño Jesús.

Chiclayo, Huancayo

El día 4 de febrero de 1985, el Santo Padre Juan Pablo II bendijo en la ciudad de Trujillo una preciosa imagen de Nuestra Señora de la Paz, enviada y portada por el católico pueblo de Chiclayo. El Papa la bendijo y mirándola exclamó: "esta imagen merece un monasterio –y corrigiéndose continuó- un santuario". El señor obispo monseñor Ignacio María de Orbegoso lo escuchó, el pueblo lo escuchó y se decidió: la Virgen de la Paz tendrá un santuario y un monasterio. El obispo de Chiclayo pidió a madre Pilar fundase un Carmelo. Ella era priora en Yurimaguas y desde allí organizó la fundación, nueve hermanas de Abancay llegaron a Chiclayo y ella una compañera más de desde la selva peruana. El 26 de Mayo de 1991 iniciaron su vida de carmelitas en el monasterio de Nuestra de la Paz y san José; durante este tiempo atendía Yurimaguas de donde era priora y esta nueva fundación, el año de 1992 a petición de la comunidad de Chiclayo que la eligió priora, se quedó ahí.

En 1993 le pidieron a madre Manuela una fundación en Huancayo, ella se lo comunicó a madre Pilar, pero "la mamita" por su delicada salud ya no podía viajar a la altura, así que desde Chiclayo acompañó espiritualmente a esta fundación y desde ahí la dirigió con sus sabios consejos ayudando a sus hijas del nuevo monasterio de san José.

Madre Pilar no se dejaba llevar por respetos humanos. Cuando se trataba de la gloria de Dios y del triunfo de la verdad, nunca le importó quedar mal con la criaturas, así se le siempre. Sus fundaciones, fueron iniciadas con escasos recursos y frecuentemente con ninguno, pero siempre fueron colocadas en el Corazón de Jesús y puestas en manos del tesoro del Carmelo: san José; por eso los monasterios surgieron y se poblaron de vocaciones, forzándole a abrir nuevos "palomares de la Virgen".

La duda y el titubeo nunca fueron características suyas. Lo que Dios quería lo ejecutaba siempre y prontamente, costara lo que costase. A pesar de las muchas dificultades, siempre siguió adelante; su amor a Dios y su unión con el Divino Esposo se percibía con evidencia y claridad palpables. Era una mujer profunda, que vivía de la oración.

Valores y virtudes

Como buena hija de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz habla de ellos como de seres tan queridos y tan próximos que parecía vivir con ellos; en los momentos oportunos gustaba repetir a sus hijas frases y textos de ellos. En la lectura diaria de la comunidad leía sus obras y las explicaba muy al detalle, utilizando ejemplos muy prácticos que hacían comprender más fácilmente los textos. Deseaba impregnarnos a sus hijas del espíritu de sus santos fundadores, y ellas gozaban escuchándola.

Fue abnegada y entregada, sincera y confiada, jovial y entusiasta y, al mismo tiempo, profunda, maternal y bondadosa; fuerte y firme, cuando exigía la virtud y la entrega incondicional al Señor. Quería a sus monjas maduras y varoniles.

Infundió en sus monjas esa vida carmelitana de intimidad amorosa con Dios, en soledad y retiro; el espíritu de una verdadera vida de familia, de un calor de hogar donde las alegrías y dolores se comparten y donde ella como madre era el lazo de unión donde que todas se estrechaban como hijas suyas y hermanas verdaderas.

Supo organizar el trabajo de tal manera que lo dejó como sólido fundamento en todas sus comunidades, estimulando a las hermanas a mejorar cada día sus labores y a vivir de su trabajo, de tal manera que les permita compartir con los pobres el fruto de sus labores.

Le dio el Señor el don de educadora, no se asustaba de los defectos, si veía humildad y deseos de corregirlos; sabía aprovechar lo bueno de cada alma, sin exigir más de lo que podía dar. Estaba dotada de una viva y penetrante inteligencia, de voluntad férrea y constante, que se convertían en tenacidad cuando era necesario. Era enérgica y arrolladora, de reciedumbre castellana, hecha de rectitud y sinceridad, y con mucha gracia de Dios; esto lo resume todo. Reconocía sus limitaciones y errores con gran humildad, y cuando los cometía sabía pedir perdón.

El amor a las santas reglas y constituciones era inmenso, se las quería imprimir hijas no sólo en la mente sino en el corazón, para que las practicaran y las conservaran con amor, como herencia preciosa que les dejó su santa madre Teresa de Jesús. En la época post conciliar lucho junto con sus hijas y las hijas de santa Maravillas de Jesús por conservar el Carmelo tal cual lo dejó su santa madre.

Amó mucho a Jesús, María y a san José, al que nombró padre, señor y mayordomo de sus monasterios, le escribió una novena circular en su honor que pasa de hermana en hermana cada nueve días y nunca termina.

Una de las grandes obras realizadas por ella fue la vocación de la monja externa, que cuando vino al Perú no existía, la movió a esto su amor por los pobres con quienes se encontró en el Cuzco y desde el principio ayudó, por eso en casi todas sus fundaciones hay comedores populares que dan de comer a los mendigos y son dirigidos por las monjas externas. También fundó el aspirando el más grande de todos sus aciertos, porque es de ahí de donde han salido todas las vocaciones para sus fundaciones.

Tuvo una salud muy precaria pero siempre lo llevo todo con alegría, estando en Yurimaguas le encontraron un tumor maligno, pero ella nunca tuvo miedo sino que siguió adelante. Ya en Chiclayo en 1995 volvió a sentirse mal, las hermanas le rogaron que se deje ver del médico y aceptó; vieron que tenía un tumor y había que extirparlo. La llevaron a Lima al hospital de neoplásicas pero no pudieron operarla porque ya estaba ramificado; los médicos confesaron su impotencia ante tal metástasis, ella recibió la noticia con un "bendito sea Dios, si así lo quiere está bien". No perdió nunca la serenidad y la alegría de siempre, los médicos y las enfermeras quedaron edificados.

"Pronto, Señor, nos veremos"

Le pronosticaron ocho meses de vida, regresó a su convento el 8 de Octubre de 1995, contenta, alegre y animando a todas sus hijas; al llegar la recibieron con el TE DEUM, y comenzó su vida normal asistiendo a todo, participando en todo, haciéndonos olvidar que estaba enferma.

Así  fueron pasando sus días hasta el 17 de marzo de 1997 estaba muy enferma y en cama, le había subido la fiebre y respiraba con dificultad, a las 10:00a.m entraron Monseñor Jesús Moliné y el padre Hilarión Rubio, ambos le dieron la absolución y la bendición. Todas sus se reunieron en su celda y rezaron la recomendación del alma, se entonó la salve y al terminar expiró, eran las 11:13a.m. Su rostro quedo lleno de tanta paz, que dicen las hermanas daba devoción el mirarla; la amortajaron y la pusieron en una hermosa caja blanca que le obsequiaron. Las hermanas jóvenes la llevaron en sus hombros y todas las llevaron al coro cantando "al cielo, al cielo yo iré".

En la reja del coro estaban esperando todas las amistades y los familiares llorando. Luego empezaron las misas; los sacerdotes que tanto le querían, en cuanto se enteraron fueron a celebrar. Al día siguiente, lo mismo; a las 4:00p.m celebraron dos padres carmelitas que vinieron de Trujillo. El funeral estaba programado para las 5:00p.m, pero fue más tarde por el retraso del avión en el que viajaba Monseñor Irízar y una sobrina de la madre que venía desde España; en cuanto llegó Monseñor, celebró la santa misa e hizo el funeral, las hermanas la llevaron en los hombros turnándose, cantando y rezando hasta el cementerio.


La vida de madre María Pilar de Jesús se ajustó al espíritu de su santa madre Teresa de Jesús, bien podría ella también cantar aquello de: "Vuestra soy para vos nací… ¿Qué mandáis hacer de mí?". Fue realmente una mujer enamorada de Jesucristo y de la vocación que Él le había regalado, murió en olor santidad y es necesario que su vida no sólo sea conocida en el Carmelo sino que como ejemplo de un verdadero seguimiento de Cristo sea dada a conocer a todos los peruanos y otras partes del mundo.

DATOS BIOGRÁFICOS DE MADRE MARÍA PILAR DE JESÚS

                         DATOS BIOGRÁFICOS DE MADRE MARÍA PILAR DE JESÚS



La Madre María Pilar de Jesús, Carmelita Descalza, nació en Valladolid (España) el 7 de febrero de 1917. Ingresó en el Carmelo de Palencia, fundado por Santa Teresa de Jesús, recibió el santo hábito el 1 de enero de 1942, emitió sus votos temporales el 2 de enero de 1943 e hizo su profesión solemne el 2 de enero de 1946.

A pedido de las carmelitas del Cuzco vino al Perú el 3 de mayo de 1954, convirtiéndose así en misionera oculta en el corazón de Cristo sin salir de su clausura. Esto muestra que como su Santa Madre, esta monja fue muy “lanzada”, emprendedora y decidida.

Como Santa Teresa, Madre Pilar fundó muchos monasterios: en Abancay, San Jerónimo, Yurimaguas, Lircay, Chiclayo Y Huancayo. Dio comienzo a la vocación de las monjas externas en el Perú y fundó el aspirantado donde se forman las jóvenes para luego entregar su vida al Señor en la casa de la Virgen. Dios le dio el don de educadora; inculcó en sus hijas el amor a las santas leyes del Carmelo, grabándoselas no sólo en la mente sino también en el corazón para que las practiquen y conserven con amor, como herencia preciosa de la Santa fundadora. Ella quería a sus monjas “maduras y varoniles”.

Hija fiel de la Iglesia y de santa Teresa, quiso que todos los monasterios por ella fundados conservaran en toda su pureza la herencia que la santa Madre dejó a sus hijas, uniéndose así para defender el tesoro teresiano, a la asociación de “Santa Teresa” fundada por Santa Maravillas de Jesús; que ha buscado vivir las reglas y constituciones dejadas por la santa de Ávila y que consiguió de las de san Juan Pablo II la aprobación de dichas leyes.

El 17 de marzo de 1997 en Chiclayo, Dios la llamó a su presencia, en las vísperas de la fiesta de san José, a quien tanto amó; vino a buscarla a su pobre celda donde se había inmolado por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Murió rodeada del amor y veneración de sus hijas, dejando un recuerdo hasta hoy lleno de la fortaleza y de la paz que la caracterizaron durante toda su vida y aún más durante su última enfermedad. 


SOBRE LA RECEPCIÓN DE LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA POR PARTE DE LOS FIELES DIVORCIADOS QUE SE HAN VUELTO A CASAR

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

CARTA A LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE LA RECEPCIÓN
DE LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA
POR PARTE DE LOS FIELES
DIVORCIADOS QUE SE HAN VUELTO A CASAR

Excelencia Reverendísima:


1. El Año Internacional de la Familia constituye una ocasión muy importante para volver a descubrir los testimonios del amor y solicitud de la Iglesia por la familia(1) y, al mismo tiempo, para proponer de nuevo la inestimable riqueza del matrimonio cristiano que constituye el fundamento de la familia.

2. En este contexto merecen una especial atención las dificultades y los sufrimientos de aquellos fieles que se encuentran en situaciones matrimoniales irregulares(2). Los pastores están llamados, en efecto, a hacer sentir la caridad de Cristo y la materna cercanía de la Iglesia; los acogen con amor, exhortándolos a confiar en la misericordia de Dios y, con prudencia y respeto, sugiriéndoles caminos concretos de conversión y de participación en la vida de la comunidad eclesial(3).
3. Conscientes sin embargo de que la auténtica comprensión y la genuina misericordia no se encuentran separadas de la verdad(4), los pastores tienen el deber de recordar a estos fieles la doctrina de la Iglesia acerca de la celebración de los sacramentos y especialmente de la recepción de la Eucaristía. Sobre este punto, durante los últimos años, en varias regiones se han propuesto diversas soluciones pastorales según las cuales ciertamente no sería posible una admisión general de los divorciados vueltos a casar a la Comunión eucarística, pero podrían acceder a ella en determinados casos, cuando según su conciencia se consideraran autorizados a hacerlo. Así, por ejemplo, cuando hubieran sido abandonados del todo injustamente, a pesar de haberse esforzado sinceramente por salvar el anterior matrimonio, o bien cuando estuvieran convencidos de la nulidad del anterior matrimonio, sin poder demostrarla en el foro externo, o cuando ya hubieran recorrido un largo camino de reflexión y de penitencia, o incluso cuando por motivos moralmente válidos no pudieran satisfacer la obligación de separarse.
En algunas partes se ha propuesto también que, para examinar objetivamente su situación efectiva, los divorciados vueltos a casar deberíanentrevistarse con un sacerdote prudente y experto. Su eventual decisión de conciencia de acceder a la Eucaristía, sin embargo, debería ser respetada por ese sacerdote, sin que ello implicase una autorización oficial.
En estos casos y otros similares se trataría de una solución pastoral, tolerante y benévola, para poder hacer justicia a las diversas situaciones de los divorciados vueltos a casar.
4. Aunque es sabido que análogas soluciones pastorales fueron propuestas por algunos Padres de la Iglesia y entraron en cierta medida incluso en la práctica, sin embargo nunca obtuvieron el consentimiento de los Padres ni constituyeron en modo alguno la doctrina común de la Iglesia, como tampoco determinaron su disciplina. Corresponde al Magisterio universal, en fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición, enseñar e interpretar auténticamente el depósito de la fe.
Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo(5), la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación(6).
Esta norma de ninguna manera tiene un carácter punitivo o en cualquier modo discriminatorio hacia los divorciados vueltos a casar, sino que expresa más bien una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión eucarística: «Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio»(7).
Para los fieles que permanecen en esa situación matrimonial, el acceso a la Comunión eucarística sólo se abre por medio de la absolución sacramental, que puede ser concedida «únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, -como, por ejemplo, la educación de los hijos- no pueden cumplir la obligación de la separación, "asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos"»(8). En este caso ellos pueden acceder a la Comunión eucarística, permaneciendo firme sin embargo la obligación de evitar el escándalo.
5. La doctrina y la disciplina de la Iglesia sobre esta materia han sido ampliamente expuestas en el período post-conciliar por la Exhortación Apostólica Familiaris consortio. La Exhortación, entre otras cosas, recuerda a los pastores que, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones y los exhorta a animar a los divorciados que se han casado otra vez para que participen en diversos momentos de la vida de la Iglesia. Al mismo tiempo, reafirma la praxis constante y universal, «fundada en la Sagrada Escritura, de no admitir a la Comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar»(9), indicando los motivos de la misma. La estructura de la Exhortación y el tenor de sus palabras dejan entender claramente que tal praxis, presentada como vinculante, no puede ser modificada basándose en las diferentes situaciones.
6. El fiel que está conviviendo habitualmente «more uxorio» con una persona que no es la legítima esposa o el legítimo marido, no puede acceder a la Comunión eucarística. En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores, dada la gravedad de la materia y las exigencias del bien espiritual de la persona(10) y del bien común de la Iglesia, tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia riñe abiertamente con la doctrina de la Iglesia(11). También tienen que recordar esta doctrina cuando enseñan a todos los fieles que les han sido encomendados.
Esto no significa que la Iglesia no sienta una especial preocupación por la situación de estos fieles que, por lo demás, de ningún modo se encuentran excluidos de la comunión eclesial. Se preocupa por acompañarlos pastoralmente y por invitarlos a participar en la vida eclesial en la medida en que sea compatible con las disposiciones del derecho divino, sobre las cuales la Iglesia no posee poder alguno para dispensar(12). Por otra parte, es necesario iluminar a los fieles interesados a fin de que no crean que su participación en la vida de la Iglesia se reduce exclusivamente a la cuestión de la recepción de la Eucaristía. Se debe ayudar a los fieles a profundizar su comprensión del valor de la participación al sacrificio de Cristo en la Misa, de la comunión espiritual(13), de la oración, de la meditación de la palabra de Dios, de las obras de caridad y de justicia(14).
7. La errada convicción de poder acceder a la Comunión eucarística por parte de un divorciado vuelto a casar, presupone normalmente que se atribuya a la conciencia personal el poder de decidir en último término, basándose en la propia convicción(15),sobre la existencia o no del anterior matrimonio y sobre el valor de la nueva unión. Sin embargo, dicha atribución es inadmisible(16). El matrimonio, en efecto, en cuanto imagen de la unión esponsal entre Cristo y su Iglesia así como núcleo basilar y factor importante en la vida de la sociedad civil, es esencialmente una realidad pública.
8. Es verdad que el juicio sobre las propias disposiciones con miras al acceso a la Eucaristía debe ser formulado por la conciencia moral adecuadamente formada. Pero es también cierto que el consentimiento, sobre el cual se funda el matrimonio, no es una simple decisión privada, ya que crea para cada uno de los cónyuges y para la pareja una situación específicamente eclesial y social. Por lo tanto el juicio de la conciencia sobre la propia situación matrimonial no se refiere únicamente a una relación inmediata entre el hombre y Dios, como si se pudiera dejar de lado la mediación eclesial, que incluye también las leyes canónicas que obligan en conciencia. No reconocer este aspecto esencial significaría negar de hecho que el matrimonio exista como realidad de la Iglesia, es decir, como sacramento.
9. Por otra parte la Exhortación Familiaris consortio, cuando invita a los pastores a saber distinguir las diversas situaciones de los divorciados vueltos a casar, recuerda también el caso de aquellos que están subjetivamente convencidos en conciencia de que el anterior matrimonio, irreparablemente destruido, jamás había sido válido(17). Ciertamente es necesario discernir a través de la vía del fuero externo establecida por la Iglesia si existe objetivamente esa nulidad matrimonial. La disciplina de la Iglesia, al mismo tiempo que confirma la competencia exclusiva de los tribunales eclesiásticos para el examen de la validez del matrimonio de los católicos, ofrece actualmente nuevos caminos para demostrar la nulidad de la anterior unión, con el fin de excluir en cuanto sea posible cualquier diferencia entre la verdad verificable en el proceso y la verdad objetiva conocida por la recta conciencia(18).
Atenerse al juicio de la Iglesia y observar la disciplina vigente sobre la obligatoriedad de la forma canónica en cuanto necesaria para la validez de los matrimonios de los católicos es lo que verdaderamente ayuda al bien espiritual de los fieles interesados. En efecto, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y vivir en la comunión eclesial es vivir en el Cuerpo de Cristo y nutrirse del Cuerpo de Cristo. Al recibir el sacramento de la Eucaristía, la comunión con Cristo Cabeza jamás puede estar separada de la comunión con sus miembros, es decir con la Iglesia. Por esto el sacramento de nuestra unión con Cristo es también el sacramento de la unidad de la Iglesia. Recibir la Comunión eucarística riñendo con la comunión eclesial es por lo tanto algo en sí mismo contradictorio. La comunión sacramental con Cristo incluye y presupone el respeto, muchas veces difícil, de las disposiciones de la comunión eclesial y no puede ser recta y fructífera si el fiel, aunque quiera acercarse directamente a Cristo, no respeta esas disposiciones.
10. De acuerdo con todo lo que se ha dicho hasta ahora, hay que realizar plenamente el deseo expreso del Sínodo de los Obispos, asumido por el Santo Padre Juan Pablo II y llevado a cabo con empeño y con laudables iniciativas por parte de Obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos: con solícita caridad hacer todo aquello que pueda fortalecer en el amor de Cristo y de la Iglesia a los fieles que se encuentran en situación matrimonial irregular. Sólo así será posible para ellos acoger plenamente el mensaje del matrimonio cristiano y soportar en la fe los sufrimientos de su situación. En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador. Será necesario que los pastores y toda la comunidad de fieles sufran y amen junto con las personas interesadas, para que puedan reconocer también en su carga el yugo suave y la carga ligera de Jesús(19). Su carga no es suave y ligera en cuanto pequeña o insignificante, sino que se vuelve ligera porque el Señor -y junto con él toda la Iglesia- la comparte. Es tarea de la acción pastoral, que se ha de desarrollar con total dedicación, ofrecer esta ayuda fundada conjuntamente en la verdad y en el amor.
Unidos en el empeño colegial de hacer resplandecer la verdad de Jesucristo en la vida y en la praxis de la Iglesia, me es grato confirmarme de su Excelencia Reverendísima devotísimo en Cristo.

Joseph Card. Ratzinger
Prefecto
+ Alberto Bovone 
Arzobispo tit. de Cesarea de Numidia
Secretario
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, durante la audiencia concedida al Cardenal Prefecto ha aprobado la presente Carta, acordada en la reunión ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que se publique.
Roma, en la sede la Congregación para la Doctrina de la Fe, 14 de septiembre de 1994, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.